Salmos 62 y 85

 

Salmo 62

El alma sedienta de Dios

 

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, 
mi alma está sedienta de ti; 
mi carne tiene ansia de ti, 
como tierra reseca, agostada, sin agua. 

¡Cómo te contemplaba en el santuario 
viendo tu fuerza y tu gloria! 
Tu gracia vale más que la vida, 
te alabarán mis labios. 

Toda mi vida te bendeciré 
y alzaré las manos invocándote. 
Me saciaré como de enjundia y de manteca, 
y mis labios te alabarán jubilosos. 

En el lecho me acuerdo de ti 
y velando medito en ti, 
porque fuiste mi auxilio, 
y a la sombra de tus alas canto con júbilo; 
mi alma está unida a ti, 
y tu diestra me sostiene.

 

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

CANTOS Y ALABANZAS

A ti levanto mis ojos

A ti levento mis ojos, a ti que habitas en el cielo.

A ti levanto mis ojos, por que espero tu misericordia.

 

A ti levento mis ojos, a ti que habitas en el cielo.

A ti levanto mis ojos, por que espero tu misericordia.

 

Como estan los ojos de los esclavos, fijos en las manos de sus señores, asi estan nuestros ojos en el Señor, esperando su misericordia.

 

Misericordia Señor, misericordia, que estamos saciados de burlas; misericordia Señor, misericordia

que estamos saciados de desprecios.

 

Nuestra alma esta saciada del sarcasmo de los satisfechos; nuestra alma esta saciada del desprecio de los orgullosos.

 

Salmo 85: 

Oración de un pobre ante las adversidades

Bendito seas dios, que nos aliena en nuestras luchas (2Co 1,3.4)

 

Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado;

protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva a tu siervo, que confía en ti.

 

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día;

alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan.

Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.

En el día del peligro te llamo, y tú me escuchas.

 

No tienes igual entre los dioses, Señor, ni hay obras como las tuyas.

 

Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios.

 

Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero

en el temor de tu nombre.

 

Te alabaré de todo corazón, Dios mío; daré gloria a tu nombre por siempre,

por tu gran piedad para conmigo, porque me salvaste del abismo profundo.

 

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí, una banda de insolentes atenta contra mi vida, sin tenerte en cuenta a ti. Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí.

 

Da fuerza a tu siervo, salva al hijo de tu esclava;

dame una señal propicia, que la vean mis adversarios y se avergüencen,

porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.

 

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en el principio, ahora y siempre,

 

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